Guanare, 17 de
abril de 2003
Europa
es la cuna de la democracia. Miles de años nos separan de las primeras
experiencias políticas de
De
milenaria civilización, sometida a todas las pruebas de la historia, inmersa en
guerras de gran escala, el viejo continente es nuestra referencia principal en
idioma, religión, cultura y sociedad. Con escenarios diferentes, rancias
costumbres y múltiple origen, lo que no recibimos de los ibéricos, lo hemos
logrado con la mezcla de razas fruto de la inmigración.
Resulta
tal natural que millones de europeos habiten el continente americano, como si
se tratase del patio de la ancestral casa. No hay diferencias insalvables para
mantener la relación ni dificultades para incrementarla.
El
legado europeo no podemos apreciarlo sólo en el terreno cultural del pasado.
No. Todos los países americanos han sido beneficiados por el trabajo denodado y
sacrificado de miles de inmigrantes que han sabido explotar la tierra, que han
podido hacer negocios, crear empresas y promover consorcios para generar miles
de empleos, y con ellos asegurar la estabilidad económica, social y emocional
de millones de latinoamericanos.
América,
y dentro de ella Venezuela, ha recibido a los inmigrantes con la alegría de
quien sabe que detrás de cada europeo hay una ilusión concreta, una entrega
sincera o un proyecto realizable, para hermanar patrias y para desarrollar
países.
Hoy no
podemos hablar de inmigrantes, manteniendo el concepto viejo. La sensación que
se tiene con los nuevos portugueses, españoles, italianos, franceses o
alemanes, etc., es la de que llegan otros miembros de las familias, así como se
cuentan por centenares de miles los hijos nacidos en América, de sangre
europea.
Carecemos
de un censo de europeos, pero no se requiere mucho esfuerzo para saber que ya
las generaciones segunda y tercera, nacidas
en el nuevo continente, son mayoría numérica en la inmigración. Esto nos
lleva a pensar que se han fundido pueblos y razas, para hacer de América,
territorio abierto al mundo, hermanado y comprometido a buscar aún mayor
integración.
En ese
propósito hay sustento histórico real. Familias binacionales se cuentan por
millones. Bisabuelos o abuelos en Europa, hijos y nietos en América. Un mismo
idioma en el caso de los españoles, fáciles de entender en la expresión
portuguesa e italiana, y disposición de asumir el español de franceses,
alemanes u holandeses. Y como elemento aglutinador la hospitalidad americana y
el espíritu creador con reciedumbre laboral del europeo.
Esa integración será posible
si conservamos la vigencia del Estado de Derecho, la paz, fraternidad,
solidaridad, y como denominador común el sistema democrático de gobierno
proyectado con fines sociales y orientado hacia la disminución de las
desigualdades.. Este es el elemento fundamental para
acrecentar las relaciones Europa – América.
Los
fundamentos básicos de la democracia están presentes, de mejor manera, en el
viejo continente más que en el nuevo. La enseñanza cabildante de los descubridores
y conquistadores españoles sirvió para crear un rústico sistema de gobierno, elitesco y restringido, pero útil para empezar a
implantar la nueva civilización.
Siglos después, cuando los
avatares de la vida obligaron a cambiar, las patrias latinoamericanas siguieron
inmersas en el ruralismo, atraso y falta de iniciativa modernizante.
Esa
infeliz circunstancia ha propiciado que en los tiempos recientes exista una
gran inclinación hacia los estudios de la ciencia política para profundizar la
democracia, en buena parte de las Universidades de todos los países. No
obstante, la realidad es que todos los pueblos latinoamericanos muestran muchas
carencias en la percepción cultural de la vida democrática en sociedad.
La
enseñanza escolar de ciudadanía, civismo y democracia aún conservan el
simplismo y la falta de pedagogía capaz de insuflarnos ánimo para vivir
civilizadamente en medio de las diarias prácticas democráticas, en el hogar, en
el trabajo, en la sociedad.
No es
un modo permanente pensar y actuar en democracia. Los conocimientos del hombre
latinoamericano son elementales y, lamentablemente, no se profundizan con el
ejemplo y prédica de dirigentes partidistas, funcionarios gubernamentales,
parlamentarios, intelectuales y medios
de comunicación social.
Hay
una atávica inclinación hacia la concepción del poder en manos de un líder
poderoso sobre el que recae toda la responsabilidad y el pleno ejercicio de las
potestades jurídicas, no sin olvidar que el militarismo también deja penetrar
su dosis autoritaria, centralista y personalista.
Carecemos
de una particular escala valorativa en la cual la democracia representativa,
participativa y protagónica tenga en
nuestras mentes expresión de práctica
diaria y vigencia en instituciones concretas.
No
identificamos la democracia con el compromiso y la responsabilidad, sino con el
hecho electoral, puro y simple, desprovisto de partidos políticos fuertes y
vigorosos, y animado solo por el líder providencial que todo lo ofrece y todo
lo puede.
Para
colmo de males, el segmento mayoritario de la población no acude a las
prácticas electorales, sino que suma su negativa voluntad a la abstención. Esta
indiferencia se alimenta en la idea de que democracia es corrupción, lentitud,
empirismo e ineficiencia, por no saber que los elementos principales de
ella son tolerancia, diálogo,
comprensión, solidaridad y civilidad.
La
idea popular asocia cualquier cosa mala
con democracia y mantiene la expresión
palabra o vocablo ”política” como lo malo. Si en una reunión hacemos algo
distinto a los propósitos sanos, no falta un ciudadano que diga “ahí lo que hay
es política”.
Perverso
y dañino uso de una palabra que resume la vida en comunidad y la preocupación
por los asuntos públicos, los asuntos ciudadanos, los asuntos de todos los
hombres y mujeres reunidos en sociedad.
Estando
ausente una apropiada categorización, la inclinación popular no hace otra cosa
que pensar en la democracia como sólo un sistema de libertad, donde cualquier
dictador disfrazado de gobernante puede atentar contra la sociedad, disminuirle su vigor político y
quebrantar sus instituciones, siempre y cuando no altere el oxígeno libertario
y aproveche el tesoro para darle dádivas a sectores desposeídos.
Semejante
concepción es inadmisible en la sociedad moderna y no se corresponde con las
enseñanzas europeas, con los modelos que intentamos implantar, al menos en la
teoría de los estudios, publicaciones y en reuniones científico – académicas.
Este
simplismo e ingenuidad constituyen un peso negativo para avanzar en la
consolidación de la sociedad latinoamericana y venezolana como pueblos inmersos
en procesos de crecimiento político, en avance hacia mayores estadios de
civilidad y en condiciones más ventajosas de integración con otras comunidades.
Los
ciudadanos perciben el sistema democrático como algo consustancial con sus
vidas, pero lo hacen poseídos de la idea de que lo fundamental es conservar la
libertad, libertad que si nos lleva al libertinaje, al desorden, a la
anarquía, al “bochinche” (como dijo el
prisionero Francisco de Miranda Miranda, en
Es
decir, que hay un concepto errado, soportado por la creencia
de que esa libertad no debe tener condicionamientos, normas, disciplina,
órdenes, ni compromisos, quedando sometidos, a la larga, a un sistema de vida en medio de todas las carencias, sin
educación y cultura democráticas, pero
alentados por la posibilidad de respirar los frescos aires libres.
El
poder es considerado una instancia lejana, pero
posible de acceder a él, a través de sus representantes, especialmente
para obtener ayudas y pequeños beneficios.
No se considera que el ejercicio del poder está unido a la autoridad,
sometido a los códigos, leyes y normas,
basado en criterios éticos y morales, y destinado a constituir un servicio a la
comunidad total y no a individualidades..
Por
eso, el poder resulta también una posibilidad de redención social, un beneficio
que se obtiene a través de un cargo o puesto, desde donde no se percibe el
compromiso de servicio a la comunidad, sino que se tiene como una renta que es
fruto del reparto de los bienes públicos de la democracia.
Esa
percepción generalizada, a más de falaz, resulta un serio obstáculo para impulsar
la modernización del Estado y de la política como la actividad que lo
gerencia y conduce, ya que los supuestos beneficios personales y
grupales (partidos y sindicatos, resultan buenos ejemplos) son conquistas que
no se pueden negociar ni pueden ser
objeto de renuncia.
De esa
manera, en todos los países
latinoamericanos se ha creado una inmensa masa de menesterosos de la
democracia, empleados y obreros innecesarios, que constituyen un serio problema
económico, debido a su alto costo y a enormes pasivos laborales que en general
ni siquiera han sido cuantificados.
En
este sentido es necesario que los dirigentes y los medios de comunicación social hagan de sus mensajes,
discursos y declaraciones, informaciones, entrevistas y reportajes,
oportunidades para sembrar una nueva idea democrática, que constituyan enseñanza de cultura política
y ciudadana en pro de mejorar el sistema democrático.
Es
inadmisible ceder ante la indolencia y la ignorancia, debemos cambiar la
perspectiva socio – cultural de la democracia, porque el camino hacia la
modernidad no es un desfile de empleados
públicos beneficiados por el gobierno, la entrega de créditos que no se
cancelan o el reparto de migajas, sino que se trata del diseño y construcción
de un proyecto de país, con millones de seres ocupados en su realización, cosa más compleja y de altísima
responsabilidad.
Los
partidos políticos, en todos los países del mundo, han tenido crisis. Unas
insalvables han causado la desaparición de varios. Otras, pasajeras, han dado
lugar a su mejoramiento y cambio, a la renovación y hasta a su recuperación.
En
Europa el deterioro de los partidos no ha estado exento de peligros, como el
populismo y la demagogia. La sociedad ha podido detenerlos a tiempo en los años
recientes. En el pasado una crisis de partidos trajo el nacionalsocialismo de Alemania, con sus
secuelas de terror y muerte.
La
enseñanza europea radica en su madurez, en la madurez cívica de la sociedad, a
un punto tal que como cosa normal, allí se producen las coaliciones políticas.
No ocurre lo mismo en América. Aquí solo conocemos de las coaliciones con fines
electorales o en momentos de dura crisis, como en Colombia (con
el Frente Nacional) o en Chile
(con
En
nuestra Venezuela asistimos a una de las mayores crisis partidarias de la
historia de América. A los partidos se les atribuye, con no poca razón, el
fracaso global de la gestión económica de cuarenta y cinco años. La falla ha
sido de los modelo económicos populistas y de las
deficiencias intelectuales y profesionales de sus ministros y dirigentes.
El
desprestigio de los funcionarios o dirigentes ha cundido a los partidos.
Desaparecen o se ocultan los culpables,
pero los partidos siguen y cargan con ese fardo del descrédito. De allí solo
cabe destacar que el ciudadano sigue creyendo en la democracia, por el elevado
precio de la libertad, pero resiente de los partidos como las instituciones de
intermediación, orientación y participación.
El
buen funcionamiento de la sociedad latinoamericana y venezolana como tal,
proyectada hacia el futuro, inmersa en un
proceso integrador con Europa,
tiene uno de sus obstáculos en la mala calidad de nuestros partidos, en su
ausencia de liderazgo (hoy) y en las
pésimas enseñanzas democráticas que conlleva su accionar.
Revertir
esas tendencias negativas es un compromiso con la buena salud de la sociedad.
Para ello es indispensable entender que
la democracia no es producto de
la naturaleza, encontrado aquí por los españoles y portugueses, sino que se
trata de una conquista de la humanidad que requiere desarrollo,
perfeccionamiento y mejoramiento constantes.
Y ese
perfeccionamiento no es una responsabilidad única de los dirigentes, sino de
todos los ciudadanos. Y para ello se requiere la construcción de una cultura
democrática que nos haga presentes en el compromiso de ayudar a que cada día
seamos más demócratas y más practicantes de los valores democráticos.
La
crisis partidaria no ha afectado, sino
que, al contrario, ha hecho florecer un nuevo tejido social conformado por
asociaciones de vecinos, gremios profesionales, empresariales, clubes
deportivos y culturales, fundaciones sin fines de lucro, asociaciones civiles,
comités de protección del ambiente, grupos de defensa y otras expresiones que
pueden ser la base de la nueva
estructuración social, al lado de los partidos políticos.
Hay
casos en los que el funcionamiento interno de estos grupos constituye un
verdadero ejemplo de la democracia, como ocurre en asociaciones de vecinos.
Ejemplo que debe ascender hacia otras capas sociales para emprender más modelos
asociativos que procuren concientizar al ciudadano de las bondades de la
agrupación con fines sociales y sean escuela de líderes para los partidos políticos.
Las fundaciones inspiradas
en los fines integracionistas
constituyen una opción valedera para reforzar los lazos fraternos, culturales,
sociales y económicos, y tienen la especial ventaja de poder atender con la misma
simultaneidad asuntos académicos, jurídicos, propuestas de nuevas leyes, estudios e investigaciones, publicaciones y
eventos.
En todo caso, es vital que
los sectores afines, vinculados por tradición, historia o intereses, sean
comprensivos y brinden no sólo asesoría
por su dilatada experiencia, sino también apoyo humano y material, para la
consecución de los altos fines de integración y solidaridad.
El tema de la democracia es de interés vital
para todos. Hoy nos jugamos la vida y estamos en riesgo de perderla, junto con
nuestros capitales humano y económico, porque
no hay estabilidad política en numerosos países de América.
La
estabilidad tiene mucho que ver con la cultura política democrática, con la
comprensión y asimilación de las responsabilidad por
parte de todos los ciudadanos, con el ejercicio diario, cotidiano y normal, de
la vida en sociedad, defendiendo los valores del respeto, la tolerancia, la
fraternidad y la solidaridad.
Inestabilidad
política no es producto único de una acción de un mandatario, es el resultado
de una sucesión de hechos que horadan el
estado social, que lo desestimula y que
termina por disminuir el vigor de la sociedad.
Una
sociedad inestable es presa fácil de la anarquía, del desorden, y esos
estados anormales no son de la
conveniencia de nadie, salvo de quienes procuren convocar al caos.
Hoy,
con más conciencia, tenemos la obligación de luchar para conquistar la estabilidad de la sociedad, no sólo de
sociedad política, sino de toda la integralidad humana de nuestra patria
latinoamericana y venezolana..
La democracia representativa venezolana no se puede calificar hoy como una democracia auténtica. Las fallas de los poderes públicos son evidentes. No lo decimos por el hoy, también en el pasado hubo fallas y se postergaron las soluciones. Nos interesan las carecnias del ahora, que son las que podemos subsanar.
En el
pasado nuestra democracia se caracterizó por su excesiva formalidad, es decir
la atención a las formas y no al fondo
de lo social. En el presente debe impedirse la excesiva informalidad, porque
cuando ella impera decae el principio de la autoridad, el orden, la norma y
hasta las buenas costumbres.
Por
años vivimos inmersos en el silencio de
las mayorías, las mismas que ni siquiera intervenían en los procesos
electorales, hoy nos encontramos
con la abierta participación de
casi todos los ciudadanos, al menos, en los comentarios y en el hacer diario de
su propia actividad.
Es
decir, avanzamos hacia un estado de conciencia de participación o intervención.
Ahora nos hace falta entrar en la nueva fase. La del compromiso organizativo,
integrador de voluntades y destinado a afianzar el sistema político. Lo
anterior requiere un estado de conciencia y nuevamente se revalida el papel de
la cultura política democrática.
Estamos
en un buen momento. Hoy las mayorías no sienten que la política y la conducción
democrática son sólo el modo de vida de unos cuantos dirigentes políticos, sino
que se trata de un asunto de interés para todos, donde podemos perder la
armonía social y hasta la mismísima libertad.
Ha
llegado el momento de recrear, airear, oxigenar, nuestro sistema democrático,
de darle un nuevo giro a las instituciones. Bastante hemos escrito y hablado de
la teoría política. Ya podemos pasar a la práctica para que la democracia no
sea vista como un ejercicio intelectual
o un catálogo de virtudes
imposibles, sino como un sistema hecho a diario por la acción ciudadana, en
cualquier aldea, caserío, pueblo, ciudad o metrópolis.
Por
supuesto que todo esto implica que los
ciudadanos nos pongamos de acuerdo en la implementación de un modelo económico apropiado,
donde la igualdad de oportunidades y el juego del mercado incida en favor de la democracia, que alcancemos un sistema jurídico de fácil comprensión y confiabilidad, de
que tengamos una recta administración de justicia, que despleguemos una política exterior coherente, y de que
tengamos nuevos y mejores dirigentes poseídos por el influjo de la ética,
en todas sus actuaciones.
Conclusión
Todo
lo anterior se corresponde con esa imperiosa necesidad de conquistar para
América y Venezuela la estabilidad
política democrática, en procura de fortalecer las relaciones con Europa y de
avanzar hacia un proceso integrador para el cual tenemos la disposición
anímica, pero carecemos de los
instrumentos socio - políticos
requeridos.
Europa
nos ha mostrado el camino integrador, en un nuevo aporte de fines del siglo
pasado. Contábamos con las enseñanzas de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gásperi. Ahora
tenemos el ejemplo integrador, la manera de cómo dejar atrás los complejos
nacionales, las fronteras, la moneda, los pasaportes, los idiomas, para ir a un
esquema de unión propiciado por la modernidad.
El
pasado veintinueve de octubre de 2004 veinticinco naciones europeas,
conformadas por cuatrocientos cincuenta millones de habitantes,
suscribieron el tratado contentivo de
La
integración no tiene otro sentido que el
de la promoción de los valores que unen y fraternizan, y para hacerlo tenemos
que transitar por la estabilidad socio - política plena. De allí la necesidad
de tener ciudadanos más conscientes y más educados en las prácticas políticas
democráticas e integradoras.
Conciencia
clara debemos tener de que los tiempos modernos marcan
una percepción cultural distinta. Europa marca un camino. Podemos transitarlo
con la seguridad de que la integración nos hará más eficaces en
la acción administrativa, social y económica, más solidarios y más libres en el
pensamiento y desarrollo de las ideas.
Fin/