NILSON GUERRA ZAMBRANO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESTABILIDAD DEMOCRÁTICA

E INTEGRACION CON EUROPA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guanare, 17 de abril  de 2003

 

 

Introducción

 

         Europa es la cuna de la democracia. Miles de años nos separan de las primeras experiencias políticas de la Grecia antigua. Europa es también el epicentro generador de las normas jurídico – sociales vigentes en América gracias al imperio romano. España  aportó la nueva identidad socio – cultural que nos hizo hermanos de los europeos. Francia nos dejó el legado de su revolución para abrir nuevos tiempos. Más adelante, en el siglo diecinueve, es Alemania la que nos brinda el  concepto de Estado de Derecho.

         De milenaria civilización, sometida a todas las pruebas de la historia, inmersa en guerras de gran escala, el viejo continente es nuestra referencia principal en idioma, religión, cultura y sociedad. Con escenarios diferentes, rancias costumbres y múltiple origen, lo que no recibimos de los ibéricos, lo hemos logrado con la mezcla de razas fruto de la inmigración.

         Resulta tal natural que millones de europeos habiten el continente americano, como si se tratase del patio de la ancestral casa. No hay diferencias insalvables para mantener la relación ni dificultades para incrementarla.

         El legado europeo no podemos apreciarlo sólo en el terreno cultural del pasado. No. Todos los países americanos han sido beneficiados por el trabajo denodado y sacrificado de miles de inmigrantes que han sabido explotar la tierra, que han podido hacer negocios, crear empresas y promover consorcios para generar miles de empleos, y con ellos asegurar la estabilidad económica, social y emocional de millones de latinoamericanos.

         América, y dentro de ella Venezuela, ha recibido a los inmigrantes con la alegría de quien sabe que detrás de cada europeo hay una ilusión concreta, una entrega sincera o un proyecto realizable, para hermanar patrias y para desarrollar países.

         Hoy no podemos hablar de inmigrantes, manteniendo el concepto viejo. La sensación que se tiene con los nuevos portugueses, españoles, italianos, franceses o alemanes, etc., es la de que llegan otros miembros de las familias, así como se cuentan por centenares de miles los hijos nacidos en América, de sangre europea.

         Carecemos de un censo de europeos, pero no se requiere mucho esfuerzo para saber que ya las generaciones segunda y tercera, nacidas  en el nuevo continente, son mayoría numérica en la inmigración. Esto nos lleva a pensar que se han fundido pueblos y razas, para hacer de América, territorio abierto al mundo, hermanado y comprometido a buscar aún mayor integración.

         En ese propósito hay sustento histórico real. Familias binacionales se cuentan por millones. Bisabuelos o abuelos en Europa, hijos y nietos en América. Un mismo idioma en el caso de los españoles, fáciles de entender en la expresión portuguesa e italiana, y disposición de asumir el español de franceses, alemanes u holandeses. Y como elemento aglutinador la hospitalidad americana y el espíritu creador con reciedumbre laboral del europeo.

Esa integración será posible si conservamos la vigencia del Estado de Derecho, la paz, fraternidad, solidaridad, y como denominador común el sistema democrático de gobierno proyectado con fines sociales y orientado hacia la disminución de las desigualdades.. Este es el elemento fundamental para acrecentar las relaciones Europa – América.

        

Cultura Política

 

         Los fundamentos básicos de la democracia están presentes, de mejor manera, en el viejo continente más que en el nuevo. La enseñanza cabildante de los descubridores y conquistadores españoles sirvió para crear un rústico sistema de gobierno, elitesco y restringido, pero útil para empezar a implantar  la nueva civilización.

Siglos después, cuando los avatares de la vida obligaron a cambiar, las patrias latinoamericanas siguieron inmersas en el ruralismo, atraso y falta de iniciativa modernizante.

         Esa infeliz circunstancia ha propiciado que en los tiempos recientes exista una gran inclinación hacia los estudios de la ciencia política para profundizar la democracia, en buena parte de las Universidades de todos los países. No obstante, la realidad es que todos los pueblos latinoamericanos muestran muchas carencias en la percepción cultural de la vida democrática en sociedad.

         La enseñanza escolar de ciudadanía, civismo y democracia aún conservan el simplismo y la falta de pedagogía capaz de insuflarnos ánimo para vivir civilizadamente en medio de las diarias prácticas democráticas, en el hogar, en el trabajo, en la sociedad.

         No es un modo permanente pensar y actuar en democracia. Los conocimientos del hombre latinoamericano son elementales y, lamentablemente, no se profundizan con el ejemplo y prédica de dirigentes partidistas, funcionarios gubernamentales, parlamentarios, intelectuales y  medios de comunicación social.

         Hay una atávica inclinación hacia la concepción del poder en manos de un líder poderoso sobre el que recae toda la responsabilidad y el pleno ejercicio de las potestades jurídicas, no sin olvidar que el militarismo también deja penetrar su dosis autoritaria, centralista y personalista.

         Carecemos de una particular escala valorativa en la cual la democracia representativa, participativa y protagónica tenga  en nuestras mentes expresión  de práctica diaria y vigencia en instituciones concretas.

         No identificamos la democracia con el compromiso y la responsabilidad, sino con el hecho electoral, puro y simple, desprovisto de partidos políticos fuertes y vigorosos, y animado solo por el líder providencial que todo lo ofrece y todo lo puede.

         Para colmo de males, el segmento mayoritario de la población no acude a las prácticas electorales, sino que suma su negativa voluntad a la abstención. Esta indiferencia se alimenta en la idea de que democracia es corrupción, lentitud, empirismo e ineficiencia, por no saber que los elementos principales de ella  son tolerancia, diálogo, comprensión, solidaridad y civilidad.

         La idea popular asocia  cualquier cosa mala con democracia y mantiene la expresión  palabra o vocablo ”política” como  lo malo. Si en una reunión hacemos algo distinto a los propósitos sanos, no falta un ciudadano que diga “ahí lo que hay es política”.

         Perverso y dañino uso de una palabra que resume la vida en comunidad y la preocupación por los asuntos públicos, los asuntos ciudadanos, los asuntos de todos los hombres y mujeres reunidos en sociedad.

         Estando ausente una apropiada categorización, la inclinación popular no hace otra cosa que pensar en la democracia como sólo un sistema de libertad, donde cualquier dictador disfrazado de gobernante puede atentar contra  la sociedad, disminuirle su vigor político y quebrantar sus instituciones, siempre y cuando no altere el oxígeno libertario y aproveche el tesoro para darle dádivas a sectores desposeídos.

         Semejante concepción es inadmisible en la sociedad moderna y no se corresponde con las enseñanzas europeas, con los modelos que intentamos implantar, al menos en la teoría de los estudios, publicaciones y en reuniones científico – académicas.

         Este simplismo e ingenuidad constituyen un peso negativo para avanzar en la consolidación de la sociedad latinoamericana y venezolana como pueblos inmersos en procesos de crecimiento político, en avance hacia mayores estadios de civilidad y en condiciones más ventajosas de integración con otras comunidades.

          

Percepción del sistema por los ciudadanos

 

         Los ciudadanos perciben el sistema democrático como algo consustancial con sus vidas, pero lo hacen poseídos de la idea de que lo fundamental es conservar la libertad, libertad que si nos lleva al libertinaje, al desorden, a la anarquía,  al “bochinche” (como dijo el prisionero Francisco de Miranda Miranda, en La Guaira, en 1812) no nos importa.

         Es decir, que hay un concepto errado, soportado por la  creencia  de que esa libertad no debe tener condicionamientos, normas, disciplina, órdenes, ni compromisos, quedando sometidos, a la larga, a un sistema  de vida en medio de todas las carencias, sin educación  y cultura democráticas, pero alentados por la posibilidad de respirar los frescos aires libres.

         El poder es considerado una instancia lejana, pero  posible de acceder a él, a través de sus representantes, especialmente para obtener ayudas y pequeños beneficios.  No se considera que el ejercicio del poder está unido a la autoridad, sometido a los códigos,  leyes y normas, basado en criterios éticos y morales, y destinado a constituir un servicio a la comunidad total y no a individualidades..

         Por eso, el poder resulta también una posibilidad de redención social, un beneficio que se obtiene a través de un cargo o puesto, desde donde no se percibe el compromiso de servicio a la comunidad, sino que se tiene como una renta que es fruto del reparto de los bienes públicos de la democracia.

         Esa percepción generalizada, a más de falaz, resulta un serio obstáculo para  impulsar  la modernización del Estado y de la política como la actividad que lo gerencia y conduce, ya  que  los supuestos beneficios personales y grupales (partidos y sindicatos, resultan buenos ejemplos) son conquistas que no se pueden  negociar ni pueden ser objeto de renuncia.

         De esa manera, en todos los países  latinoamericanos se ha creado una inmensa masa de menesterosos de la democracia, empleados y obreros innecesarios, que constituyen un serio problema económico, debido a su alto costo y a enormes pasivos laborales que en general ni siquiera han sido cuantificados.

         En este sentido es necesario que los dirigentes y los medios de  comunicación social hagan de sus mensajes, discursos y declaraciones, informaciones, entrevistas y reportajes, oportunidades para sembrar una nueva idea democrática,  que constituyan enseñanza de cultura política y ciudadana en pro de mejorar el sistema democrático.

         Es inadmisible ceder ante la indolencia y la ignorancia, debemos cambiar la perspectiva socio – cultural de la democracia, porque el camino hacia la modernidad no es  un desfile de empleados públicos beneficiados por el gobierno, la entrega de créditos que no se cancelan o el reparto de migajas, sino que se trata del diseño y construcción de un proyecto de país, con millones de seres ocupados en su realización,  cosa más compleja y de altísima responsabilidad.

        

Descrédito del partido

 

         Los partidos políticos, en todos los países del mundo, han tenido crisis. Unas insalvables han causado la desaparición de varios. Otras, pasajeras, han dado lugar a su mejoramiento y cambio, a la renovación y hasta a su recuperación.

         En Europa el deterioro de los partidos no ha estado exento de peligros, como el populismo y la demagogia. La sociedad ha podido detenerlos a tiempo en los años recientes. En el pasado una crisis de partidos trajo el  nacionalsocialismo de Alemania, con sus secuelas de  terror y muerte.

         La enseñanza europea radica en su madurez, en la madurez cívica de la sociedad, a un punto tal que como cosa normal, allí se producen las coaliciones políticas. No ocurre lo mismo en América. Aquí solo conocemos de las coaliciones con fines electorales o en momentos de dura crisis, como en  Colombia (con  el Frente  Nacional) o en Chile (con la Concertación).

         En nuestra Venezuela asistimos a una de las mayores crisis partidarias de la historia de América. A los partidos se les atribuye, con no poca razón, el fracaso global de la gestión económica de cuarenta y cinco años. La falla ha sido de los modelo económicos populistas y de las deficiencias intelectuales y profesionales de sus ministros y dirigentes.

         El desprestigio de los funcionarios o dirigentes ha cundido a los partidos. Desaparecen o se ocultan los  culpables, pero los partidos siguen y cargan con ese fardo del descrédito. De allí solo cabe destacar que el ciudadano sigue creyendo en la democracia, por el elevado precio de la libertad, pero resiente de los partidos como las instituciones de intermediación, orientación y participación.

         El buen funcionamiento de la sociedad latinoamericana y venezolana como tal, proyectada hacia el futuro, inmersa en un  proceso integrador  con Europa, tiene uno de sus obstáculos en la mala calidad de nuestros partidos, en su ausencia de liderazgo (hoy) y en las  pésimas enseñanzas democráticas que conlleva su accionar.

         Revertir esas tendencias negativas es un compromiso con la buena salud de la sociedad. Para ello es indispensable entender que  la democracia no es  producto de la naturaleza, encontrado aquí por los españoles y portugueses, sino que se trata de una conquista de la humanidad que requiere desarrollo, perfeccionamiento y mejoramiento constantes.

         Y ese perfeccionamiento no es una responsabilidad única de los dirigentes, sino de todos los ciudadanos. Y para ello se requiere la construcción de una cultura democrática que nos haga presentes en el compromiso de ayudar a que cada día seamos más demócratas y más practicantes de los valores democráticos.

 

Nuevas formas asociativas

 

         La crisis  partidaria no ha afectado, sino que, al contrario, ha hecho florecer un nuevo tejido social conformado por asociaciones de vecinos, gremios profesionales, empresariales, clubes deportivos y culturales, fundaciones sin fines de lucro, asociaciones civiles, comités de protección del ambiente, grupos de defensa y otras expresiones que pueden ser  la base de la nueva estructuración social, al lado de los partidos políticos.

         Hay casos en los que el funcionamiento interno de estos grupos constituye un verdadero ejemplo de la democracia, como ocurre en asociaciones de vecinos. Ejemplo que debe ascender hacia otras capas sociales para emprender más modelos asociativos que procuren concientizar al ciudadano de las bondades de la agrupación con fines sociales y sean escuela de líderes para los partidos políticos.

Las fundaciones inspiradas en los fines  integracionistas constituyen una opción valedera para reforzar los lazos fraternos, culturales, sociales y económicos, y tienen la especial ventaja de poder atender con la misma simultaneidad asuntos académicos, jurídicos, propuestas de nuevas leyes,  estudios e investigaciones, publicaciones y eventos.

En todo caso, es vital que los sectores afines, vinculados por tradición, historia o intereses, sean comprensivos y  brinden no sólo asesoría por su dilatada experiencia, sino también apoyo humano y material, para la consecución de los altos fines de integración y solidaridad.

 

Estabilidad política

 

         El  tema de la democracia es de interés vital para todos. Hoy nos jugamos la vida y estamos en riesgo de perderla, junto con nuestros capitales humano y económico, porque  no hay estabilidad política en numerosos países de América.

         La estabilidad tiene mucho que ver con la cultura política democrática, con la comprensión y asimilación de las responsabilidad por parte de todos los ciudadanos, con el ejercicio diario, cotidiano y normal, de la vida en sociedad, defendiendo los valores del respeto, la tolerancia, la fraternidad y la solidaridad.

         Inestabilidad política no es producto único de una acción de un mandatario, es el resultado de una sucesión de hechos que horadan  el estado social, que  lo desestimula y que termina por disminuir el vigor de la sociedad.

         Una sociedad inestable es presa fácil de la anarquía, del desorden, y esos estados  anormales no son de la conveniencia de nadie, salvo de quienes procuren convocar al caos.

         Hoy, con más conciencia, tenemos la obligación de luchar para conquistar la  estabilidad de la sociedad, no sólo de sociedad política, sino de toda la integralidad humana de nuestra patria latinoamericana y venezolana..

 

Democracia auténtica

 

         La democracia representativa venezolana no se puede calificar hoy como una democracia auténtica. Las fallas de los poderes públicos son evidentes. No lo decimos por el hoy, también en el pasado hubo fallas y se postergaron las soluciones. Nos interesan las carecnias del ahora, que son las que podemos subsanar.

         En el pasado nuestra democracia se caracterizó por su excesiva formalidad, es decir la atención a las  formas y no al fondo de lo social. En el presente debe impedirse la excesiva informalidad, porque cuando ella impera decae el principio de la autoridad, el orden, la norma y hasta las buenas costumbres.

         Por años vivimos inmersos  en el silencio de las mayorías, las mismas que ni siquiera intervenían en los procesos electorales, hoy nos encontramos  con  la abierta participación de casi todos los ciudadanos, al menos, en los comentarios y en el hacer diario de su propia actividad.

         Es decir, avanzamos hacia un estado de conciencia de participación o intervención. Ahora nos hace falta entrar en la nueva fase. La del compromiso organizativo, integrador de voluntades y destinado a afianzar el sistema político. Lo anterior requiere un estado de conciencia y nuevamente se revalida el papel de la  cultura política democrática.

         Estamos en un buen momento. Hoy las mayorías no sienten que la política y la conducción democrática son sólo el modo de vida de unos cuantos dirigentes políticos, sino que se trata de un asunto de interés para todos, donde podemos perder la armonía social y hasta la mismísima libertad. 

         Ha llegado el momento de recrear, airear, oxigenar, nuestro sistema democrático, de darle un nuevo giro a las instituciones. Bastante hemos escrito y hablado de la teoría política. Ya podemos pasar a la práctica para que la democracia no sea vista como un ejercicio intelectual  o un catálogo de  virtudes imposibles, sino como un sistema hecho a diario por la acción ciudadana, en cualquier aldea, caserío, pueblo, ciudad o metrópolis.

         Por supuesto  que todo esto implica que los ciudadanos nos pongamos de acuerdo en la implementación  de un modelo económico apropiado, donde la igualdad de oportunidades y el juego del mercado  incida en favor de la democracia,  que alcancemos un sistema jurídico  de fácil comprensión y confiabilidad, de que tengamos una recta administración de justicia,  que despleguemos una  política exterior coherente, y de que tengamos nuevos y mejores dirigentes poseídos por el influjo de la ética, en todas sus actuaciones.

           

Conclusión

 

         Todo lo anterior se corresponde con esa imperiosa necesidad de conquistar para América y Venezuela  la estabilidad política democrática, en procura de fortalecer las relaciones con Europa y de avanzar hacia un proceso integrador para el cual tenemos la disposición anímica, pero  carecemos de los instrumentos  socio - políticos requeridos.

         Europa nos ha mostrado el camino integrador, en un nuevo aporte de fines del siglo pasado. Contábamos con las enseñanzas de Robert Schuman,  Konrad Adenauer y Alcide De Gásperi. Ahora tenemos el ejemplo integrador, la manera de cómo dejar atrás los complejos nacionales, las fronteras, la moneda, los pasaportes, los idiomas, para ir a un esquema de unión propiciado por la modernidad.

         El pasado veintinueve de octubre de 2004 veinticinco naciones europeas, conformadas por cuatrocientos cincuenta millones de habitantes, suscribieron  el tratado contentivo de la  Constitución Europea, instrumento que aglutina  el sentido y la orientación de todos los acuerdos vigentes, y que busca sentar bases  para el nuevo esquema institucional.

         La integración  no tiene otro sentido que el de la promoción de los valores que unen y fraternizan, y para hacerlo tenemos que transitar por la estabilidad socio - política plena. De allí la necesidad de tener ciudadanos más conscientes y más educados en las prácticas políticas democráticas e integradoras.

         Conciencia clara debemos tener de que los tiempos modernos marcan una percepción cultural distinta. Europa marca un camino. Podemos transitarlo con la seguridad de que la integración nos hará más eficaces en la acción administrativa, social y económica, más solidarios y más libres en el pensamiento y desarrollo de las  ideas.

         Fin/